Mi propia versión de la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, un poco menos elegante y tanto más desordenada.

« Pues yo, de no ser Alejandro, de buena gana fuese Diógenes ».

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Nota legal: Todos los personajes de la Cínica a Alejandro y sus secciones son producto de la imaginación del autor, por lo que el mismo advierte que CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD, ES PURA COINCIDENCIA.

Todo el contenido de la Cínica a Alejandro cuya autoría no esté atribuida directamente a un tercero, pertenece al autor, quien declara tener sobre el mismo TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Alejandro Morales-Loaiza © 2012

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Habituado a las decepciones, el príncipe llegó pronto a pensar que entre él y el amor solo acertaban intercambiarse sonrisas de ironía…
El Señor M. en El Pensamiento del Prínceps. (Obra Inédita).
Bajo la soberana salvaguardia que solo el más noble caballero concede a la mujer que ha amado, aquel hombre nunca osó hacer ignominia de la que fue una vez su doncella, y conservó para sí el recuerdo de lo bello de ese amor profano que ocuparía parte de su corazón por el resto de sus días.
El Señor M. en El Pensamiento del Prínceps. (Obra Inédita)

La comunicación virtual - IV

  • (En un intercambio de mensajes electrónicos).
  • Ella (con sutil reproche): Estaba esperando a que me escribieras, pero parece que no te gustó mucho nuestra conversación de anoche.
  • Él (impávido): Hola, (...), ¿cómo estás?
  • Ella (invariabilis): Yo bien, chévere, pero ya me voy.
  • Él (cínico): Pasa feliz noche, (...). Contento de saludarte. :)
Quien quiera hacer de seductor, deberá tener paciencia, o al menos fingirlo…
Reflexiones cotidianas.

Una escena vista muchas veces - X

  • Ella: No puedo creer que solo hayas tenido una novia.
  • Él: Sí, las demás han sido... Relaciones innominadas (v.)
  • Ella: Ah, yo leí eso... Y no me agradó mucho lo que escribiste. No me gustan las relaciones de ese tipo.
  • Él: Menos mal que no estoy haciéndote ningún ofrecimiento...
  • Ella (ab irato): ¡Así es! Para que estés claro de una vez y no se te ocurra ofrecérmelo.
  • Él (cínico): No tengo la más mínima intención de hacerlo, realmente...
  • Ella: (...)

Reflexión Octagésima Quinta

En el país en el que se roba a los ricos para dar de comer a los pobres, cuando se acaben los ricos, los pobres morirán de hambre.

Y cuando te vayas de mi lado, quiera Dios que tengas la piedad de dejarme tu sonrisa…

Y con ella hacerme saber que fuiste feliz…

Y que lo seguirás siendo.

Porque la vida se me va en tus lágrimas y mi razón se pierde con tu dolor…

Lo que me dije al oído para no gritarlo a la noche.

Si bien el avance de la ciencia hace mucho tiempo que ha dejado de enmarcarse en la satisfacción de las necesidades del hombre, siempre hay manera de que el instinto se cuele en los intersticios tecnológicos para imprimirle su sello. Incapaces por ahora de enviar alimento por Internet, nos conformamos con el placer incompleto de la pornografía o el compartir autoerótico con una pareja virtual vía cámara web.

Pero en muchos casos la necesidad no se agota tanto en las expresiones sexuales como en la comunicación de sentimientos elevados. La propia cosificación de las relaciones humanas, que reduce el tiempo previo al encuentro sexual a una negociación do ut des, acentúa nuestras carencias en cuanto a la sublimación del afecto.

Internet se ha vuelto un medio muy seguro para procurarse algunas cosas sin arriesgar demasiado. Un lugar especial en el que podemos dar y recibir amor sin las molestias de la vida real ni las exigencias sexuales que suelen acompañar a algunos acercamientos. Si una de nuestras parejas se torna demasiado fastidiosa, bastará hacer un clic para que nos libremos de ella y podamos seguir en la búsqueda de alguien que nos dedique algunas líneas diarias de sentimiento virtual.

Tras la seguridad de una pantalla, mujeres y hombres viven diariamente la ilusión de amar y sentirse amados por alguien. Muchos de ellos no están interesados en ver, hablar, tocar o besar a su interlocutor: solo necesitan leer lo que este tiene para escribir. Si el amor platónico tiene una base noble, el amor virtual tiene una base utilitaria. El amor platónico se mantiene por la imposibilidad que tienen los amantes de llevarlo a otro nivel; el amor virtual se mantiene por falta de interés en ello.

El Señor M. en Mujeres a las que amé… Virtualmente. (Obra inédita).
¿Y qué te voy a decir? ¿Que seguramente eres lunática y peligrosa, pero que por quererte me he vuelto absolutamente incapaz de verte algún defecto?
Lo que decía un hombre a una mujer mientras la dibujaba.
Un grave problema ético de la sociedad venezolana se ve representado por toda esa gente que va por la calle sintiéndose poseedora de un auténtico derecho a aprovecharse del resto; otra de las tantas expresiones inocentes de la celebérrima viveza criolla.
Reflexiones cotidianas.

— En algún momento podré pagarte tantos favores que me has hecho.

— En realidad, no… Algún día —no hoy, no mañana—, encontrarás la forma de hacerme algún favor con el que tú pensarás que podrás pagarme todo lo que he hecho por ti. Yo aceptaré que lo hagas sin decir una palabra y tú pasarás el resto de tu vida pensando que ya nada me debes. Con eso te habré hecho otro favor… Otro favor que tampoco podrás pagarme nunca.

El Señor M. en El Guachimán entre el Cadillo. (Obra Inédita).

Llámalo Alejandro

  • (...)
  • Ella: Una amiga me regaló un perrito. Vive mordiéndome...
  • Yo: ¿Cómo se llama?
  • Ella: Ella le tenía un nombre, pero se lo voy a cambiar. Tengo varias opciones... Una de ellas, "Caramelo".
  • Yo: Llámalo Alejandro.
  • Ella: Ja ja ja ja ja ja... ¡No! Me acordaría de ti todo el día...
  • Yo: ¿Y no lo haces ya, pues?
  • Ella: ¿Qué insinúas? ¿Que vivo pensando en ti? ¡Ya quisieras tú! Je je je je je... Estás loco.
  • Yo (smilling face): Tanta emoción al negarlo me lo confirma.
  • Ella: (...)

Si te tuviera a la distancia

de mis pupilas a las tuyas…

Si te tuviera así de cerca,

no dejaría que terminaras la primera frase:

Te callaría la boca con un beso…

Líneas breves a la mujer ajena.

Crónicas de la Sandunga - VII (Bipo)

Encontré a Bipo en una venta de libros. Ella intentaba venderme algunos usados a buen precio y yo intentaba hacer lo propio con mis poses galantes. Cuando reflexiono sobre ese primer encuentro,  pienso que lo  nuestro habría podido agotarse en una relación fugaz y comercial, de haberla concluido con una declaración de corriente amabilidad:

— Muchas gracias por el ofrecimiento, señorita. Le avisaré si necesito alguno.

Pero no sucedió así.

                                                                          ***

Bendita manía de hacerme el interesante.

   Bendita necedad de mostrarme espléndido.

      Bendita sea Bipo.

         Y bendito su recuerdo.

                                                                          ***

Desde el primer momento supe que Bipo era una mujer problemática. Necesitaba moldear a su gusto a la gente con la cual trataba; ella no era del tipo de las que rechazan a alguien si no es de su talla. De este modo, cualquiera que la tratara se acostumbraba pronto a recibir las órdenes que ella insistía hacer con buena intención, pero que su actitud desmentía: haz esto, haz esto otro, no hagas así, así me gusta más. No podría asegurar ahora si alguien en su sano juicio sería capaz de tomarse en serio tanta exigencia.

Cuesta describir lo molesto que resultaba para mí lidiar con una persona frente a la cual cada palabra debía ser medida, pensada y repensada con la intención de no ofenderla. Esta molestia pasaba a ser algo menor si se le comparaba con la desesperación de ver cómo aun la frase más inocente podía despertarle una extraña ira. Quien pretendiera ser su amante debía doblegarse ante los dictados de la soberana sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, el buen y el mal gusto.

                                                                          ***

Otra de las características más resaltantes de Bipo se encontraba en su enfermizo desprecio por la estabilidad, un sentimiento que solía complementar bien con su obsesión igualmente morbosa por el conflicto. Bipo amaba el caos, y lo amaba intensamente.

Parecía no complacerse nunca, siempre molesta, siempre infeliz, siempre insatisfecha con la vida, con el tiempo… Consigo misma. Era de las mujeres a las que solo te ata un inocente sentimiento de curiosidad. De principio no era odio, no era amor, no era deseo… Solo curiosidad.

                                                                          ***

En el tiempo en el que conocí a Bipo, atravesaba por un momento crítico de su vida sentimental. Hacía algunos meses que lloraba por un hombre al que ella consideraba un gran amor en su vida y que, lamentablemente, solo la utilizaba cuando las urgencias ventrales le dominaban el ánimo. Aunque para ella había sido uno de los más grandes personajes de su historia de amor, a la larga entendí que aquel hombre solo había sido una cicatriz fresca en su tantas veces maltratado corazón, un corazón que había entregado con igual fidelidad a hombres y mujeres, cada uno en su turno, cada uno en su ley. Tenía sobre sí una larga sucesión de desastres amorosos cuyo fracaso parecía deberse a una profecía de cumplimiento inducido.

Pero también Bipo pasaba por un proceso extraño de su vida profesional. Me había consultado sobre la posibilidad de hacer un alto en su carrera para tomarse un tiempo para sí misma. Según me había dicho, la universidad la hacía sentir ahogada… Ahogada luego del primer semestre de estudios.

De haber estado consciente de lo que realmente sucedía con Bipo para la ocasión en la que me honró con su confianza hubiese insistido, siquiera inútilmente, en que continuara con sus clases.

Así comprendí que su vida solo describía un único e interminable momento crítico. Años atrás, también había abandonado una prometedora carrera de Diseño Gráfico por obra de otro inexplicable ataque de desgano.

                                                                          ***

He podido quedarme corto al decir que Bipo amaba con intensidad; Bipo sentía el amor como una droga a la que se resistía con todas sus ganas, pero que terminaba doblegándola invariablemente. Dentro de este proceso, Bipo renegaba de cualquier convencionalismo que le supiera a amor estándar. Adivino que en un tiempo anterior al mío ella solía sentir afición por las cursilerías de las que hoy desdeñaba, y que quizá el mero recuerdo de ese tiempo le hacía sentir una vergüenza de la que solo podía redimirse censurando todas las expresiones de mi dandismo romántico.

«Cada vez son menos las mujeres que confían en un hombre de carácter amable y con gestos elegantes, porque cada vez están más convencidas de que el hombre que más cautiva suele ser el que más jode».

Bipo no dijo nunca te quiero, me gustas, te admiro, ni ninguna frase similar. No dedicó ninguna a mí, como tampoco escuché que la hubiese dedicado a nadie más. Sólo en un gesto de desesperación ante mi inevitable partida, logró vencerse a sí misma y abrirse un poco a la honestidad de confesar que me tenía cariño y que para ella sería inaguantable que me alejara. De esto último, el tiempo se encargó de demostrar lo contrario.

                                                                          ***

Su resistencia a dirigirme alguna frase amable puede explicarse por el hecho de que nuestra relación se basaba en un choque de egos puro y duro. Por un lado ella insistía en demostrar que yo no era tan digno ni tan pacífico como parecía ser, mientras que yo oponía a ese empeño toda mi serenidad.

Así, Bipo hizo que descubriera nuevas formas de agresión pasiva en su contra. Con cada comentario odioso, con cada mordacidad proferida por sus labios, Bipo era capaz de producir en mí las sonrisas más falsas de las que tengo memoria. Contemplar esa impasibilidad, esa rara expresión de mansa ironía, la arrastró a la desesperación de herirme con la pura intención de ver mi lado vulnerable.

                                                                          ***

No sería justo con Bipo destacar únicamente lo malo. Bipo fue una mujer especial como pocas en mi vida, y en los momentos en los que se permitía bajar la guardia, demostró tener gran sensibilidad e inteligencia. Fue gracias a esos momentos de lucidez que muchas veces accedí a complacer sus exigencias, quizá también movido por la curiosidad de ver un cariz distinto en nuestra relación.

                                                                          ***

Un día Bipo pensó que sería buena idea ponerle título a cualquiera que fuese lo que había entre nosotros. Armada de diagramas de flujo y con argumentos de apariencia muy coherente, me sentó frente a sí y me expuso todas las conveniencias de formalizar entre ambos una relación abierta: un amor cínico en el que nuestros cuerpos serían objetos públicos y nuestro amor no declarado estaría reservado del uno para el otro.

Se sintió muy frustrada ante mi incapacidad de ver la belleza de la idea… La vieja fantasía del sexo con amor, con la infeliz variante de que ambas cosas no serían siempre entregadas a la misma persona.

Bipo ignoraba también que todo intento de ponerle título a nuestra relación la convertía automáticamente en un acuerdo de voluntades. Incluso las relaciones que parecen ser muy abiertas, por llamarlas de algún modo, cuentan con límites previamente acordados para que los participantes se sientan seguros de lo que se debe y no se debe hacer.

Pero Bipo, en su empeño por hacer las cosas a su manera, pretendía ocultar la contradicción que suponía establecer una relación de este tipo. Lo que muchos entienden por relación libre ocurre cuando en la pareja hay alguien que se convierte en un apéndice de la voluntad del otro; soporta los vaivenes de carácter de la parte dominante y asume sin protestar la dirección que esta imponga a la relación.

Así pensaba Bipo. Se sentiría mejor consigo misma si obtenía mi autorización para ser infiel… Lástima que yo no pude ser tan razonable…

                                                                          ***

Producto de los vaivenes trágicos de mi relación con Bipo, me vi finalmente consumido por la satisfacción que algunas veces da la maldad. Embriagado por el placer de hacerle daño, la hería más allá del cuerpo y gozaba con el dolor que se reflejaba en el silencio de sus ojos, con la inquina imperceptible de mis frases ambiguas y el desinterés fingido que ponía en mis acciones.

Pero tanto mal tenía que encontrar su fin de alguna forma. Y lo hizo con una súbita revelación de justicia poética: a pesar de mis dudas, mis burlas e incredulidades, Bipo fue diagnosticada con una de las manifestaciones más graves del Trastorno Afectivo Bipolar.

De acuerdo con los datos a los que tuve acceso, todo el daño que me había causado; todo lo dicho, todo lo hecho; cada palabra, cada desprecio; sus tropiezos en el trabajo, su inconstancia en los estudios y la bisexualidad de la que se sentía tan orgullosa, podían encontrar origen en este desorden de su interior en el que ella nunca participó conscientemente.

Este cruel padecimiento había dictado el guión de cada episodio en su vida y en el tiempo que me tuvo cerca, había hecho de mí un héroe y a la vez un villano.
Al darme cuenta de que ella había sido una víctima y que con mis actos solo había agravado su sufrimiento, me sentí el hombre más ruin del planeta.

La Sandunga recordará el de Bipo como el episodio más triste de mi vida sentimental.

Reflexión Octagésima Cuarta

El sabio nunca aparta de sí la oportunidad de reír a carcajadas o de guardar silencio ante cualquier problema que se le presente.